LA CAPACIDAD DE VERBALIZAR

Todos los seres vivos actúan con base en una programación que marca su devenir histórico. Los efectos de esta interacción con la realidad reescriben el ADN en lo que llamamos evolución.

Ya sabemos que los seres vivos mantienen en su ADN la base de datos histórica de todas sus modificaciones genéticas. Es decir, hay registro de la evolución.

Ahora pasemos a los homo sapiens, esta especie es la única (que se conoce) que es capaz de verbalizar, recordar y transmitir sus experiencias de interacción con el entorno.

En algún momento de la historia, los homo sapiens adquirieron la capacidad de reconocerse.

Este es el punto más interesante y complejo de la existencia de los homo sapiens. Pues aprendió también a reconocerse y aprendió a pensar. Adquirió inteligencia.

Nuestros avances tecnológicos actuales nos permiten programar robots de tal manera que sean capaces de corregir y aprender de sus errores.

¿Será que esa programación la tenemos también el el ADN?

 

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EL CONOCIMIENTO EN EL ADN 2

La programación evolutiva

El conocimiento escrito en el ADN y que provee las instrucciones necesarias para el actuar en la vida, el conocimiento producto de la interacción de todo ser vivo con su entorno.

Ese conocimiento es mirado por el homo sapiens como un conocimiento no-racional. A este tipo de conocimiento los humanos lo llaman instinto y también lo llaman sentimientos.

No obstante, este conocimiento esta basado en la escritura a través de millones de años de un constante ensayo y error marca los procesos evolutivos en este planeta.

Si tan solo pudiéramos acceder a la manera como está escrito el lenguaje del ADN, conoceríamos la forma como las aves migratorias programan sus viajes alrededor del mundo. Conoceríamos la forma como las plantas programan los colores de las flores para propiciar que los insectos las polinicen.

Sin duda este lenguaje de programación es más complejo, preciso y eficaz que nuestros balbuceos en programación como homo sapiens.

Y aun así nos creemos los amos del universo.

 

 

EL CONOCIMIENTO EN EL ADN

Las máquinas que cotidianamente utilizamos se nos presentan periódicamente con innovaciones cuya finalidad es hacerlas cada día mejores. Ejemplo de esto, es la continua modificación que vemos en la industria automotriz, en la cual estamos acostumbrados a esperar las modificaciones que nos traerá el modelo del próximo año.

En el caso de los seres humanos cada día nacen millones de nuevos seres vivos para habitar el planeta.

¿Biológicamente, estos nuevos seres humanos traen nuevas innovaciones?

Sabemos que los cambios evolutivos tardan miles de años en ser acogidos, adaptados y ser reconocidos. Todo cambio para ser real debe ser susceptible de ser medido. En esto consiste el método científico y por ahora no es posible medir los cambios en nuestro ADN de los últimos siglos. Pues, aun no conocemos, ni siquiera cómo está escrito.

 

EL CONOCIMIENTO DE FABRICA

Todo ser vivo tiene como fin transmitir su información genética a futuras generaciones. Para eso esta diseñado y su existencia, o su rol como ser vivo, esta en función de este fin.

El sistema operativo de todo ser vivo esta escrito en su ADN, allí encontramos (si las supiéramos leer) las instrucciones para desarrollar su plan de vida.

La capacidad para adelantar las funciones que debemos realizar en nuestra vida la llamaremos CONOCIMIENTO.

Así, todo ser al entrar en el juego de la vida debe saber, conoce, cómo moverse, cómo conseguir alimento y cómo reproducirse.

Durante millones de años los seres vivos han aplicado este conocimiento escrito en el ADN, acá es necesario hacer una aclaración, los procesos adaptativos y de supervivencia del más fuerte han logrado escribir nuevo conocimiento en el ADN, esto se ha dado en llamar evolución.

De esta manera podemos ver el ADN de todos los seres vivos como la historia evolutiva de la vida.

Una gran biblioteca de conocimiento que no sabemos leer

 

 

Pensamiento. Del homo sapiens al homo deus

Pensamiento. Del homo sapiens al homo deus

 

 

Después del extraordinario éxito de crítica y ventas que obtuvo su ensayo Sapiens, traducido al castellano con el título De animales a dioses. Una breve historia de la humanidad, su autor, Yuval Noah Harari, ha escrito una continuación en la que explora, de manera inteligente y llamativa, lo que podría llegar a ser el futuro de nuestra especie. No se trata tanto de una predicción, ya que el autor reconoce que no es posible saber qué va pasar ni siquiera en los próximos veinticinco o cincuenta años con una probabilidad apreciable, cuanto de explorar con la mirada de hoy qué factores pueden ser relevantes en el futuro de la humanidad. Este carácter necesariamente especulativo del proyecto dificulta la tarea del crítico, que se encuentra con las mismas incertidumbres que el propio autor a la hora de valorar qué elementos resultarán decisivos en la construcción de una historia del mañana.


Y esto es lo que han hecho en un interesante artículo en Revista de Libros los profesores Laureano Castro Nogueira, catedrático de Bachillerato y profesor-tutor de la UNED; Miguel Ángel Castro, filósofo y doctor en Antropología; y Miguel Ángel Toro, catedrático de Producción Animal en la Universidad Politécnica de Madrid, reseñando la última y más reciente publicación en castellano del profesor israelí Yuval Noah Harari, titulada: Homo Deus. Breve historia del mañana (Debate, Barcelona, 2016).

 

Harari, historiador y profesor en la Universidad Hebrea de Jerusalén, dicen al inicio de su artículo los reseñadores, comienza la obra donde terminó su texto anterior, Sapiens: con los seres humanos ultimando su transformación de animales a dioses. Durante los últimos diez mil años, desde que hay grandes asentamientos y buena parte de los humanos abandonaron la vida cazadora-recolectora por otra agrícola y ganadera, los principales y recurrentes problemas a que tuvo que hacer frente la humanidad han sido los mismos: la hambruna, las enfermedades epidémicas y la guerra. Para Harari, los seres humanos somos capaces de controlar estos tres factores en la actualidad. Es cierto que mucha gente pasa hambre, que el mundo está lleno de conflictos bélicos y que, en buena parte del planeta, las condiciones sanitarias distan mucho de ser aceptables. Pero el autor destaca que el hombre ahora puede sentirse responsable de que tales cosas sucedan, sin recurrir a echarle la culpa a dioses o a mitos que las justifiquen. Sabe que está en su mano evitarlas y, si no lo hace, es porque la organización social, económica y política del mundo es muy imperfecta. En lo que se refiere al hambre y a las enfermedades, resistencias bacterianas al margen, los recursos tecnológicos disponibles parecen darle la razón al autor. Más discutible es su optimismo acerca del control de las guerras. Harari sigue aquí la tesis que ha defendido el prestigioso psicólogo evolucionista Steven Pinker cuando sostiene que la violencia está declinando en el mundo actual1. Harari, como Pinker, parece fascinado por la potencialidad que ha mostrado el análisis racional de los conflictos en la búsqueda de soluciones que promuevan la paz y el beneficio mutuo. La historia de las últimas décadas, con episodios como una guerra fría más o menos pacífica, el freno a la proliferación y a la utilización de armas nucleares, la descomposición no violenta del bloque soviético y la tendencia hacia una globalización que incrementa la prosperidad en los países en vías de desarrollo, pueden interpretarse como evidencia a favor de esta tesis. Sin embargo, no hace falta ser muy imaginativo para constatar dos hechos. Por una parte, que la situación tiene tantas amenazas potenciales que puede cambiar de manera dramática en cualquier momento, convirtiendo estas últimas décadas pacíficas en la excepción en lugar de la norma. Por otra parte, que el pretendido declive de la violencia bélica se da al tiempo que se extienden y se perfeccionan otras formas de violencia simbólica, económica o cultural.

 

La tesis central del libro sugiere que en los albores del tercer milenio la agenda humana ha cambiado y que los problemas que nos inquietan de cara al futuro son ahora bien distintos. Se refiere a la lucha contra el envejecimiento y la búsqueda de la inmortalidad, la conquista de la felicidad y la posibilidad de intervenir de manera activa en el futuro de la humanidad a través de los avances tecnológicos. Se trata de procesos sobre los que se intuye que puede llegarse a ejercer un control, pero que todavía están fuera de nuestro alcance. Está claro que estas nuevas preocupaciones no son, ni de lejos, las del común de los humanos, pero sí son las que inquietan a los principales centros de investigación científica y tecnológica y, por tanto, las que acaparan la mayor parte de las inversiones en investigación. En otras palabras, nos guste o no, la nueva agenda de la humanidad la decide sólo una elite y esto no es previsible que cambie en los años venideros. Volveremos sobre este tema más adelante.

 

El objetivo de la medicina del futuro será no sólo curarnos, sino prolongar la vida y mantenernos en plena forma, sin importar la edad que tengamos. La selección natural ha premiado, en líneas generales, rasgos genéticos que favorecen la reproducción, aunque sea a expensas de la longevidad. Sin embargo, las nuevas biotecnologías pueden permitirnos reemplazar órganos no funcionales, eliminar o bloquear en el genoma determinadas variantes génicas de efecto dañino con la edad, rediseñar nuestro cuerpo y utilizar todo tipo de prótesis, convirtiéndonos en cyborgs.

 

El segundo gran reto biomédico consiste en lograr la felicidad de los seres humanos. La felicidad depende de nuestras expectativas y de las emociones placenteras que experimentamos cuando las satisfacemos. Puede intervenirse sobre la bioquímica cerebral, sobre los centros del placer o crear nuevas drogas para que, en conjunto, seamos más felices. Pero la felicidad es efímera. La evolución nos ha provisto de un cerebro que nos hace sentir felices cuando conseguimos satisfacer nuestros deseos, pero esta emoción dura poco, habida cuenta de lo que de verdad importa en clave evolutiva. Somos organismos seleccionados para tratar de sobrevivir y reproducirse, no para ser felices o longevos. Ahora bien, quizá podamos rediseñar nuestro cerebro para vivir más y más contentos.

 

Esta posibilidad de decidir cómo queremos ser va a transformar a los seres humanos de Homo sapiens en Homo deus, de animales en pequeños dioses, en el sentido griego del término, que hace alusión a seres dotados de potencialidades que exceden con mucho las del hombre corriente. Para ello, disponemos de diversas ramas tecnocientíficas capaces de fabricar ordenadores, robots y otros dispositivos que implementan algoritmos de manera mucho más eficiente que el propio cerebro humano. Resulta evidente la dificultad de predecir qué va a pasar cuando surjan estos seres humanos provistos de potencialidades nuevas y el desarrollo tecnológico cree un entorno cultural en el que la agenda humana se oriente posiblemente hacia derroteros difíciles siquiera de imaginar. No se trata ya de que el futuro lo decidan unos pocos, sino de que estos pocos poseerán rasgos que los harán diferentes del resto.

 

Tras exponer, en un largo capítulo introductorio, los nuevos desafíos que afronta el ser humano, Harari estructura el ensayo en tres partes. Las dos primeras son de carácter histórico, y resumen cómo hemos llegado a la situación actual: primero, explora qué hay de singular en nuestra naturaleza que nos separa de los animales y nos transforma en dioses y, a continuación, se ocupa de cómo el ser humano, al tiempo que conquista el mundo, lo dota de significado. Por último, en la tercera parte aborda cuáles pueden ser los factores claves que determinen el futuro de nuestra especie. La enormidad de la tarea que emprende y la necesidad de hacer un texto seductor y asequible para un lector medio, lo que sin duda ha conseguido, le obliga a incurrir en simplificaciones de gran calado que pueden resultar incómodas para los expertos en cada campo, ya que la caricatura resultante carece de matices y, en ocasiones, está muy sesgada por las apreciaciones del autor.

 

Una de las cosas que sorprende y agrada en el ensayo es la perspectiva naturalista con que se aborda la historia de nuestra especie. El autor asume lo que la biología actual nos cuenta sobre la filogenia, la ontogenia y el comportamiento de Homo sapiens y lo utiliza para reflexionar desde ahí sobre nuestro pasado, presente y futuro. Harari distingue en la historia de la especie tres etapas clave. La primera surge hace setenta mil años, con una supuesta revolución cognitiva que coincide con el inicio de la propagación exitosa fuera de África y la huella evidente de manifestaciones artísticas y religiosas. Es la etapa cazadora recolectora, la forma de vida que ha caracterizado a nuestra especie desde sus orígenes. Después, unos diez mil años antes de Cristo, aconteció la revolución agrícola, con la aparición de poblaciones sedentarias que viven de la agricultura y el comienzo de la domesticación de animales. Surgen las grandes religiones, el comercio, las epidemias, los primeros imperios y las guerras a gran escala. Por último, hace unos quinientos años, comienza la revolución científica, que culmina en el siglo XIX con la revolución industrial. La religión pierde peso frente a los movimientos humanistas que sitúan al hombre como medida de las cosas. La curiosidad, que trajo consigo el pecado de Adán y Eva y su expulsión del paraíso, se convierte en el gran motor que impulsa la ciencia y promueve la investigación.

 

Harari explora qué rasgos son los responsables de la singularidad humana. La respuesta tradicional, ligada al pensamiento religioso, ha sido que los seres humanos teníamos alma, mientras que los animales no. La ciencia moderna se opone, sin embargo, a esa hipótesis por una cuestión de principios. Debemos explicar el mundo prescindiendo de conjeturas que hagan referencia a entidades inmateriales fuera del alcance de la investigación empírica. El principio de objetividad de la naturaleza está implícito en la contrastación experimental de las hipótesis. La neurociencia actual habla de mente y de procesos mentales resultantes de nuestra actividad cerebral en lugar del alma. Harari hace un repaso de las aportaciones recientes en el análisis del problema mente-cerebro y distingue entre inteligencia y conciencia. El cerebro humano, como el de cualquier otro animal, puede ser analizado como un conjunto de algoritmos que promueven nuestra supervivencia y reproducción. De hecho, hemos construido algoritmos que permiten desarrollar y resolver tareas concretas, pero funcionan de manera automática, no consciente. Sin embargo, el cerebro humano ha evolucionado dotándonos de inteligencia algorítmica, pero en un cerebro consciente, que tiene sensaciones y sentimientos subjetivos. Por desgracia, carecemos de una explicación consensuada y convincente de por qué la selección ha premiado esta vía en el desarrollo cerebral.

 

Harari defiende, en línea con las propuestas más recientes en este campo de investigación, que lo que ha hecho singular a nuestra especie frente a los restantes primates es su capacidad para la cooperación y la transmisión cultural acumulativa. Los seres humanos son capaces de compartir información sobre lo que conocen y de cooperar en grandes grupos de individuos no emparentados. La capacidad lingüística y la moral parecen atributos que evolucionaron bajo la necesidad de facilitar ambos procesos: la cultura y la cooperación. El autor destaca también el papel del lenguaje como creador de realidades imaginadas que permiten intercambiar información sobre entes abstractos, dotados de propiedades supuestas, que se asumen como reales. Los seres humanos son capaces de tejer redes de significado que modifican y condicionan la conducta de las personas. Se crean relatos que la gente asume como ciertos y que influyen de manera decisiva en nuestra comprensión del mundo, aunque analizados en perspectiva, con el transcurso del tiempo, o desde una órbita cultural diferente, nos parezcan ciertamente inconsistentes.

 

La aparición, unos milenios antes de Cristo, de grandes sociedades –los primeros imperios–, formadas por decenas de miles de personas capaces de cooperar a gran escala, difícilmente hubiese podido acontecer sin disponer de un consenso social en torno a dos de estas entidades de creación intersubjetiva: la escritura y el dinero. La primera permitió llevar un control, más allá de la memoria individual, de las transacciones económicas y de la propiedad. El segundo resultó un instrumento esencial para impulsar el comercio. Además de entidades materiales de valor instrumental, como el dinero, el lenguaje ha facilitado también la elaboración de narraciones e historias que sirven para dar sentido a la vida de las personas y condicionar su conducta. El ejemplo paradigmático lo constituyen las religiones. Las grandes religiones actuales surgen al amparo de la vida sedentaria y han desempeñado un papel relevante como instrumentos que organizan la sociedad y modelan el comportamiento de los individuos. Harari destaca la capacidad de las narraciones para definir el estilo de vida de la gente, las aspiraciones, las motivaciones y la manera en que deben comportarse los individuos. Señala también el carácter imaginario e irreal de estas descripciones, algo que sólo resulta obvio cuando son reemplazadas por otras.

 

La revolución científica de los últimos quinientos años supuso un debilitamiento paulatino de los grandes relatos religiosos. El conocimiento científico desacredita buena parte de las afirmaciones fácticas que contienen estas narraciones y las debilita. La ciencia asume como principio que no caben explicaciones sobrenaturales y, en tanto en cuanto consigue teorías predictivas cada vez más robustas que generan un desarrollo tecnológico más eficiente, va desplazando a la religión. Sin embargo, el progreso científico no elimina la necesidad de la mente humana de dotar al mundo de significado y, por tanto, se necesitan nuevos relatos que asuman el papel de las religiones como garantes del orden social y de la cooperación a gran escala. El mundo social no puede organizarse sólo a través de la ciencia, ya que necesita de un relato que le confiera una guía para la acción, unos valores desde los que organizarse. La ciencia puede facilitar la construcción de historias más poderosas, cuyas descripciones fácticas no se opongan al conocimiento empírico, pero las narraciones intersubjetivas continúan siendo imprescindibles para crear instituciones que garanticen el poder y el orden social. El autor denomina nuevas religiones a los relatos que han surgido en interacción con la ciencia moderna en los últimos siglos.

 

Harari sostiene que el mundo contemporáneo es fruto de un pacto entre la ciencia y una nueva religión: el humanismo. En un principio pudo parecer que la ciencia, en su crítica corrosiva al pensamiento mágico-religioso, optaba por alcanzar el poder que da el conocimiento para conseguir curar, producir alimentos a gran escala, crear armas y nuevas tecnologías, a costa de renunciar a darle sentido al mundo y asumir un cosmos nihilista. Sin embargo, esa carencia se solucionó pronto, y el ser humano proporcionó sentido a la vida sustituyendo los relatos religiosos por las propuestas humanistas en sus diferentes modalidades. Las nuevas religiones, como el liberalismo o el marxismo, merecen ese nombre, en opinión del autor, porque se basan en principios y valores que consideran naturales, como, por ejemplo, las leyes de la historia o los derechos humanos, pero que son tan imaginarios como los dioses de las religiones tradicionales: el yang científico nos proporciona poder y el yin humanista nos proporciona sentido.

 

El gran cambio se produjo al sustituir la fe en Dios por la fe en la Humanidad. El hombre pasa a ser la medida de las cosas. El hombre se interroga sobre la Verdad, la Bondad y la Belleza, y encuentra la respuesta a partir de los resultados de sus acciones, de sus emociones y de los pensamientos que produce. Pone a prueba la verdad de sus teorías mediante contrastación empírica y formalizando matemáticamente las leyes de la naturaleza. Encuentra la bondad o la maldad de los actos preguntando a su corazón, a la manera de Rousseau, si son o no correctos. La belleza se encuentra en los ojos del observador humano; frente a la creencia medieval en la objetividad de la belleza, el humanismo defiende la subjetividad de las emociones que despierta el arte en cada individuo. En política, el ciudadano vota y decide; en educación, aprende a pensar por sí mismo, y en economía se asume que el cliente tiene la razón.

 

El humanismo, como toda religión de éxito, se ha fragmentado en varias sectas: el humanismo liberal, el socialista y el evolutivo. Harari sugiere que la rama primigenia del humanismo y la que, a la postre, ha resultado vencedora en los albores del siglo XXI ha sido el humanismo liberal. Su apuesta consiste en defender la singularidad del individuo, al que hay que dejar crecer en libertad para que experimente el mundo y siga su voz interior en la búsqueda de lo verdadero, lo bueno y lo bello. Sin embargo, las injusticias del capitalismo liberal y la falta de regulación en la distribución de los beneficios trajeron consigo el desarrollo del humanismo socialista, que comprende las diferentes tradiciones socialistas y comunistas. Hay límites a la libertad y se apoyan en los sentimientos de grupo. Los socialistas defienden que hay que centrarse no sólo en nuestra propia experiencia individual, sino también en lo que experimentan las demás personas, ya que todas las experiencias son igualmente valiosas. El problema es la dificultad de tomar en consideración las experiencias de todos en conjunto y sacar conclusiones cuando muchas de ellas representan intereses contradictorios. Por ello, el humanismo socialista propone la creación de instituciones colectivas fuertes, como partidos y sindicatos, cuyo objetivo es descifrar el mundo para nosotros y tratar de construir una sociedad más justa e igualitaria.

 

Por su parte, el humanismo evolutivo propone una solución diferente para las experiencias humanas enfrentadas. Basándose en la interpretación que de las ideas darwinistas hizo Herbert Spencer, defiende que el conflicto, la competencia entre individuos, es algo que hay que preservar, ya que permite la acción de la selección natural e impulsa la evolución, un proceso que no se ha detenido y que anuncia la llegada nietzscheana de un hombre nuevo: el superhombre. Pero este principio competitivo y jerárquico se extiende por igual a individuos y grupos. El hombre es un ser social que no puede desarrollarse de forma aislada. El sentimiento de pertenencia a un grupo humano favoreció que, a la luz del humanismo, surgieran los sentimientos nacionalistas en los que el pueblo, la colectividad, la nación, adquieren agencia como si se tratasen de un individuo y disfrutasen de sus propiedades. La misma libertad de la que debe gozar el individuo para vivir su experiencia debe tenerla cada grupo humano, cada nación, para vivir la suya, asumiendo la posibilidad de que surjan sentimientos de superioridad de unas comunidades sobre otras. Desde la mirada del humanismo evolutivo, ¿por qué darle a cada nación el mismo valor cuando unas han desarrollado grandes logros culturales y tecnológicos, y otras, en cambio, viven en el subdesarrollo? El nazismo supuso la más trágica expresión de esa política que acepta la competencia despiadada entre los grupos humanos en nombre de la selección natural y la búsqueda del hombre superior.

 

La competencia entre las tres tradiciones humanistas culmina, después de un siglo XX convulso, con el triunfo del paquete liberal representado por los derechos humanos, la democracia y el libre mercado. Destaca Harari, como una de las claves de este triunfo, la especial relación del humanismo liberal con la ciencia y las nuevas tecnologías. Sorprende un tanto la aparente ingenuidad del autor al dar por consolidado dicho triunfo en un mundo expuesto a fuertes bandazos políticos, sociales y económicos, en el que resulta difícil aventurar el sentido de las transformaciones futuras. Las diferencias ideológicas entre las distintas elites que tratan de controlar el mundo son evidentes, por no hablar de la influencia todavía enorme del pensamiento y las instituciones religiosas en la práctica totalidad del planeta.

 

La nueva agenda humana ha surgido al amparo de la ideología liberal que sacraliza la vida, las emociones y los deseos de la humanidad. El problema radica en que la ciencia parece estar a punto de echar por tierra buena parte de los postulados fácticos que dan soporte al liberalismo. En concreto, cuestiona aspectos fundamentales que atañen a la individualidad, la libertad y el conocimiento de uno mismo que puede alcanzar el ser humano. El progreso científico de los próximos años puede derrocar el liberalismo, y estaremos entonces inmersos en un mundo de un gran desarrollo tecnológico y, al tiempo, huérfano de los valores que ahora imperan. ¿Estamos en los albores de una nueva religión poshumanista que reemplace y dé un sentido nuevo al mundo? Vayamos por partes en el análisis.

 

La neurociencia está proporcionando una imagen del cerebro humano formado por diversos sistemas algorítmicos que nos permiten resolver de manera adecuada distintos problemas a los que nos enfrentamos, como son la homeostasis corporal, el deseo de supervivencia, las tácticas reproductivas, las estrategias de cooperación, la comunicación lingüística, el aprendizaje y un largo etcétera. Todos estos subsistemas parecen encontrarse bajo el control aparente de la corteza cerebral, creándonos la sensación subjetiva de un único yo que dirige nuestras actividades. Sin embargo, los experimentos con pacientes con el cerebro dividido, en los que se ha seccionado la conexión entre los hemisferios cerebrales derecho e izquierdo, muestran hasta qué punto esta sensación resulta una ilusión con poca base. La idea de que en cada persona hay un único individuo, un único yo, responsable de sus acciones, se tambalea.

 

¿Y el libre albedrio? La neurobiología pone en cuestión que tal cosa exista. Dado que la ciencia asume que los procesos mentales son resultado de la actividad bioquímica de nuestras neuronas y de su arquitectura funcional, resulta difícil hablar de auténtica libertad del individuo. Se acepta que la toma de decisiones depende de procesos deterministas y aleatorios y que, por tanto, existe indeterminación en el sentido de que no sabemos qué va a hacer un sujeto, pero esa incertidumbre no parece sinónima de lo que siempre se ha entendido como la capacidad de decidir libremente de una persona. No es éste el espacio para discutir esta cuestión en profundidad. A día de hoy no existe consenso sobre cuáles son las restricciones que afectan a la libertad y en qué sentido y hasta qué punto se puede decir que somos libres.

 

La tesis humanista insiste en la idea de que sólo cada persona tiene acceso a su interior, a su yo, y puede llegar a conocerse de verdad a sí misma. Sin embargo, podemos crear algoritmos no orgánicos que quizá lleguen a conocernos mejor que nosotros a nosotros mismos. Un algoritmo que supervise cómo y qué activa nuestro cerebro puede saber exactamente qué siento, qué me emociona, qué deseo. Una vez desarrollado, dicho algoritmo podría reemplazar con éxito al votante, al cliente y al espectador. Harari señala que el verdadero problema a que nos enfrentamos no proviene de que las máquinas controlen todo lo que hacemos, como en la metáfora del Gran Hermano, sino de la disolución de nuestra individualidad al dejarnos dirigir por algoritmos externos que nos proporcionan una vida más placentera.

 

Según el autor, la ciencia está haciendo tambalear los fundamentos del liberalismo, y una nueva religión transhumanista o poshumanista tendrá que sustituir dichos principios por otros nuevos que definan el rol del ser humano en la sociedad del futuro. Para Harari, las nuevas religiones provendrán de Silicon Valley o de centros tecnológicos similares en otros países. Propone dos religiones como candidatas para llenar el hueco que deje el humanismo liberal: el tecnohumanismo y el dataísmo. La primera de ellas pretende crear un superhombre a través de modificaciones en el ADN que permitan una auténtica revolución cognitiva. Esta revolución podría transformar a Homo sapiens en Homo deus y darnos acceso a ámbitos hoy por hoy inimaginables. El sueño del humanismo evolutivo de mejorar la especie humana por selección de los mejores se realizaría por medio de la ingeniería genética, la nanotecnología y de interfaces cerebro-ordenador. El problema de modificar la mente no sólo es tecnológico –de saber cómo hacerlo–, sino también de voluntad –en qué dirección, cómo queremos ser–. El tecnohumanismo se encuentra ante un dilema: dependemos de nuestros deseos para modificar la mente en una dirección y, al tiempo, quizá podremos programar los deseos que motiven a los nuevos poshumanos.

 

El dataísmo, por su parte, sacraliza la información. La libertad de información y la maximización del flujo de datos, conectando entre sí todos los sistemas susceptibles de hacerlo, son los mandamientos dataístas. Los organismos se definen como organismos orgánicos capaces de procesar datos con vistas a facilitar su supervivencia y reproducción. La inteligencia puede desconectarse de la conciencia y resultará sencillo construir algoritmos inorgánicos que mejoren con mucho las prestaciones intelectuales de los orgánicos y que terminen por conocernos mejor que nosotros mismos. Los dataístas asumen que, si Homo sapiens es, como todo ser vivo, un sistema de procesamiento de datos, podrá ser sustituido por un sistema mucho más eficiente de silicio, el llamado Internet de Todas las Cosas. Las experiencias humanas perderán su valor en tanto que puedan ser reemplazadas por algoritmos muy inteligentes. No serán necesarios taxis, médicos, profesores, abogados, ingenieros o, incluso, artistas. Sin embargo, salvo que los humanos, o la propia inteligencia artificial, programen algoritmos provistos de deseos, de criterios para organizar el mundo, no parece que el dataísmo cambie de manera decisiva el rol del ser humano. Sólo en ese caso el Internet de Todas las Cosas podría terminar por ser el nuevo valor a sacralizar ya sin remedio.

 

Homo Deus es un libro ameno e interesante por lo que tiene de sorprendente y provocador en sus tesis principales. A pesar de que el mañana no es predecible, como asegura Harari, el lector ve cómo el autor le conduce, con maestría y de manera en apariencia inevitable, hacia un futuro que resulta inquietante y en el que se plantean interrogantes que cuestionan los principios y valores en que hemos sido educados. En el haber del libro debe destacarse esa eficacia en la seducción del relato que desarrolla, pero el ensayo tiene también importantes debilidades. La mayor de todas ellas es una ambiciosa combinación de esquematismo en el análisis y de aparente solidez en la predicción de los acontecimientos futuros.

 

La simplicidad y la economía son virtudes deseables en la elaboración de modelos científicos, pero exigen muy rigurosas condiciones lógicas y empíricas en su aplicación, casi siempre ajenas a las posibilidades metodológicas de la hermenéutica histórica. Las ciencias sociales y la filosofía, sabedoras de ello, acostumbran a lidiar con la complejidad, procurando incrementar modestamente la inteligibilidad de los acontecimientos históricos. Harari, por el contrario, se desplaza por la espesura histórica como si esta estuviera atravesada por senderos despejados y bien iluminados. Y, aunque es evidente que la simplificación forma parte de una estrategia retórica legítima, resulta exasperante para un lector medianamente experto. Ni la evaluación optimista de los avances alcanzados por la civilización actual, como hemos hecho notar, ni las consecuencias que se derivan de ella para la agenda futura son sólidas, aunque se presenten como tales, pues su legitimidad se deriva de la ocultación sistemática de la incertidumbre que introducen los matices2. Otro tanto ocurre con la sucesión de grandes relatos que describe el autor al transitar con excesivo esquematismo por la religión, el humanismo y sus interacciones.

 

El segundo elemento de su fórmula es la necesidad. Harari pronostica un escenario futuro en el que el ser humano acometerá tareas y afrontará consecuencias radicalmente nuevas, sin las herramientas que el pasado y la propia naturaleza humana, rebasada por el superhombre, podría ofrecerle. Esta sensación de vacío y de novedad, combinada con la virtual necesidad con que parecen presentarse los acontecimientos –a pesar de sus inteligentes llamadas a la prudencia en los pronósticos–, confiere un tono escatológico al libro, un estilo que, a pesar de su ateísmo, el autor, de cultura judía, parece manejar muy bien.

 

Observemos con más detalle algunos ejemplos del cuestionable proceder del autor. Admitiendo que son las elites las que marcarán el futuro de la humanidad, resulta poco atinada la descripción que hace Harari del panorama contemporáneo en aspectos tales como el triunfo de las tesis liberales o la desaparición en la práctica del poder de las otras religiones, las tradicionales. La diversidad de valores y patrones socioculturales en el mundo de hoy es enorme y lo es también, en buena medida, entre las elites que controlan el mundo. Harari argumenta como si, en la práctica, lo único que contase a nivel ideológico fuesen los valores triunfantes en los países occidentales durante el último medio siglo. Pero las cosas son más complejas, y fenómenos como la crisis de las clases medias en los países industrializados, los movimientos migratorios masivos en un mundo global, la baja tasa de natalidad en los países occidentales y la vuelta al primer plano de los nacionalismos, pueden cambiar drásticamente el panorama sociopolítico, algo de lo que parecen un buen ejemplo acontecimientos como el Brexit o el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos. Otro tanto podría decirse de la capacidad de la gente común para resistir y refractar los dictados de las elites. Tan cierta es la capacidad del poder para dirigir determinados aspectos de la vida ciudadana como el poder de los ciudadanos para vivir su vida, en lo fundamental, al margen de los imperativos culturales y políticos.

 

A Harari le dan miedo –con motivo– las transformaciones que aguardan al hombre del futuro, cambios que presenta cualitativa y cuantitativamente distintos de otros operados en el pasado. ¿Qué tipo de relación se establecerá entre los viejos sapiens y esos nuevos humanos, monopolizadores del poder y del conocimiento, dotados de cualidades cognitivas y físicas significativamente distintas? No es posible saberlo, pero en el pasado podemos encontrar algunas pistas inquietantes. Desde el descubrimiento del fuego, la rueda, el arado o la armadura, pasando por todas las industrias militares, de ingeniería y ciencia general, el hombre ha incrementado de manera incesante sus posibilidades de colonización y de explotación de los recursos, incluidos los recursos humanos. Cada nueva transformación ha generado expectativas inciertas y ha desatado el desacuerdo entre apocalípticos e integrados. Desgraciadamente, no vemos por qué esta tendencia podría invertirse, salvo que sapiens dejara de ser sapiens. La insistencia de Harari en la novedad radical de los cambios no está justificada, no al menos como una necesidad insoslayable. La única esperanza, aunque tenue, proviene de que nunca como hasta ahora hemos sido tan conscientes de lo que hacemos y quizás eso nos obligue de verdad a definir y a escoger qué mundo queremos.

 

Otra tesis central y controvertida defendida por Harari consiste en subrayar la importancia de los relatos en la organización de las sociedades, proporcionando sentido al mundo. Recordemos que Harari describe primero la sustitución de las religiones tradicionales por el orden humanista-liberal y, a continuación, anuncia la disolución de éste como consecuencia del avance científico y tecnológico, a lo que seguirá el desarrollo de nuevos relatos que cubran ese vacío. Esta tesis plantea varias dificultades.

 

En primer lugar, el liberalismo resulta plenamente compatible con la ciencia. En nuestra opinión, el contenido de los grandes relatos, ya sea el humanismo o cualquier otro, por el modo en que lo aprendemos, resulta en la práctica inmune a la inconsistencia lógica o empírica de sus postulados. Los seres humanos aprendemos a través de interacciones sociales de tipo valorativo lo que puede ser considerado verdadero con respecto a un amplio conjunto de saberes transmitidos culturalmente que no son directamente evaluables por los individuos o, si lo son, no de una manera inmediata. Por ello resulta poco razonable asumir que los avances científicos, cuestionando determinados aspectos de lo que es un ser humano, puedan ocasionar la desaparición del paradigma humanista.

 

En segundo lugar, pensamos que pronosticar el fin de los relatos religiosos convencionales es como predicar el fin de la historia: un brindis al sol. Las religiones han contribuido a generar y sostener el orden social en cada circunstancia histórica. Sin embargo, el fenómeno religioso no es reductible a esa funcionalidad, pues, como parece evidenciar la investigación naturalista, es también un subproducto de nuestro aparato cognitivo evolucionado y su presencia en nuestra mente es inmune al cambio histórico. Dicho de otro modo, el pensamiento religioso, como estilo cognitivo, está a salvo de los hechos empíricos y del cambio de las creencias científicas.

 

Por último, desde una perspectiva naturalista como la que adopta Harari, se echa de menos una reflexión en profundidad acerca de por qué somos tan proclives a crear mundos imaginarios, intersubjetivos y plenos de significado, y, al mismo tiempo, somos capaces de vivir en ellos de manera poco congruente con sus principios. Tanto los indicadores sociográficos obtenidos en las encuestas como los resultados de la investigación psicobiológica muestran que la mayor parte de la gente vive su vida sin que los valores dominantes en su cultura supongan algo más que marcas de clase identitarias que permiten al individuo formar parte de un grupo, de una clase o de una nación. Sólo algunas personas entran en flujo emocional con determinados principios y pasan éstos a ser realmente algo importante en su vida. Y lo mismo sucede con las elites que tienen el poder de tomar decisiones que afectan a muchos, pero que normalmente están ocupadas en no perder su estatus y, en el mejor de los casos, en resolver los problemas que afronta su sociedad. Y para ello son mucho más decisivos que los principios otros factores de tipo ecológico, social, económico y tecnológico. Solo así se entiende que los valores cristianos hayan sido compatibles con el movimiento misionero, la Cruz Roja, la teología de la liberación, la Banca Vaticana, el franquismo o el Movimiento de Liberación Nacional Vasco. O la facilidad con que una sociedad como la española se transformó en democrática: básicamente, porque la gente no era fascista, como ahora tampoco es demócrata. Lo mismo podría decirse de la transformación de la sociedad comunista rusa en una democracia de libre mercado.

 

En otras palabras, concluyen su artículos los reseñadores, tendrá mucho más impacto para el futuro de la humanidad la solución que ofrezcan las elites a las personas que resulten innecesarias, porque su trabajo es sustituido por robots o máquinas, o la aparición de nuevas tecnologías que ahora no imaginamos, que las reflexiones de filósofos, sociólogos o historiadores describiendo las inconsistencias del paradigma liberal y la necesidad de reemplazarlo por otro nuevo. Esto no quiere decir que no sea absolutamente preferible una sociedad en la que las elites tengan que ajustarse a unos valores democráticos, en la que existan controles entre los poderes del Estado, en la que se respete la libertad de los ciudadanos y se asuma la reivindicación de los derechos humanos, por más que, como sugiere Harari, sea un ideal imaginario. Lo que sugerimos es que la mayoría de las personas, sean o no parte de las elites, vivirán su vida manteniendo una implicación con estos valores emocionalmente distante, aunque los aprueben y los defiendan, no muy diferente de la que la mayor parte de los creyentes tienen hacia los preceptos de su religión.

HArendt

EVOLUCION DEL HOMO

Enrique Rubio

23 Febrero 2018

Hace dos millones de años en áfrica oriental, existían unos grupos humanos que tenían una organización no diferente a los demás grupos de animales. No se podía imaginar entonces que una parte de estos grupos iba a evolucionar de forma absolutamente diferente a como lo hacen el resto los animales. Dice Harari que estos primeros homínidos no tenían nada de especial, eran animales insignificantes que no modificaban el ambiente de forma diferente a como lo hacían el resto de los animales. El homo sapien también pertenece una familia aunque existen grandes dudas sobre cómo evoluciona este sapiens desde otros homínidos. Durante mucho tiempo se intentó situar a este spiens como única y espontánea, pero la mayoría de los investigadores nos colocan en una gran familia; que es la de los grandes simios. Nuestros parientes próximos son los chimpancés, los gorilas y los orangutanes. Hace unos seis millones de años una hembra de simio tuvo dos hijas una se convirtió en chimpancé y la otra es nuestra abuela. Durante 10.000 años nuestra especie ha sido la única especie humana de este planeta . Pero el significado real de la palabra humano es «un animal que pertenece al género Homo», y hubo otras muchas especies de este género además de Homo sapiens. Desde hace unos 2,5 millones de años, y a partir de un género anterior de simios llamado Australopithecus, «simio austral», y despues de 500 millones de años, estos hombres y mujeres se desplazaron desde sus asientos primitivos a extensas áreas del norte de África, Europa y Asia y se instalaron en ellas. Desde las calientes junglas de Indonesia, las poblaciones humanas evolucionaron en direcciones diferentes y motivados por los cambios; climáticos, alimenticios, enfermedades y en general por un nuevo medio ambiente se transformaron en distintos tipos de homínidos . El resultado fueron varias especies distintas, a cada una de las cuales los científicos han asignado un pomposo nombre en latín. Los humanos en Europa y Asia occidental evolucionaron en Homo neanderthalensis («hombre del valle del Neander»), eran más corpulentos, y estaban bien adaptados al clima frío de la Eurasia occidental de la época de las glaciaciones. Las regiones más orientales de Asia estaban pobladas por Homo erectus, «hombre erguido», que sobrevivió allí durante cerca de dos millones de años, lo que hace de ella la especie humana más duradera de todas. Es improbable que este récord sea batido incluso por nuestra propia especie. En la isla de Java, en Indonesia, vivió Homo soloensis, «el hombre del valle del Solo», que estaba adaptado a la vida en los trópicos. En otra isla indonesia, la pequeña isla de Flores, los humanos arcaicos experimentaron un proceso de nanismo. Probablemente estos homos llegaron a la isla Flores cuando el nivel del mar era bajo y la isla era fácilmente accesible desde el continente. Y de nuevo cuando el nivel del mar subió, algunas personas quedaron atrapadas en la isla, que se fue empobreciendo, posiblemente ya lo era de antes, y las personas corpulentas o por lo menos de estructura media, que necesitan más alimentos , fueron las primeras en morir. Los individuos más pequeños sobrevivieron mucho mejor. A lo largo de generaciones, las gentes de Flores se convirtieron en enanos. Los individuos de esta especie única, que los científicos conocen como Homo floresiensis, alcanzaban una altura máxima de solo un metro, y no pesaban más de 25 kilogramos. No obstante, eran capaces de producir utensilios de piedra, e incluso ocasionalmente consiguieron capturar a algunos de los elefantes de la isla (aunque, para ser justos, los elefantes eran asimismo una especie enana). En 2010, en la cueva Denisova, en Siberia, se encontró un hueso del dedo fósil, cuyo análisis de ADN mostro pertenecía a una especie nueva a la que se llamo Homo denisova. Estos humanos evolucionaban en Europa y Asia, lpero la evolución en África oriental no se detuvo. La cuna de la humanidad continuó formando numerosas especies nuevas, como Homo rudolfensis, «hombre del lago Rodolfo», Homo ergaster, «hombre trabajador», y finalmente nuestra propia especie, a la que de manera inmodesta bautizamos como Homo sapiens, «hombre sabio». Recientemente se ha hecho un nuevo descubrimiento, Homo naledi (del latín homo, «hombre», y del sesotho naledi, «estrella») es una especie de homínido extinto del género Homo que vivió en lo que ahora es Sudáfrica. La especie ha sido descrita en septiembre del 2014 por Berger y colaboradores a partir de los fósiles de al menos 15 individuos de edades diferentes encontrados en la cámara Dinaledi de la cueva Rising Star, cerca de Johannesburgo (Sudáfrica), Los componentes de estos homínidos eran de morfología, unos altos, otros de altura media y enanos. Algunos eran cazadores temibles y otros apacibles recolectores de plantas. Su asiento era diferentes dependiendo de su ingenio y adaptación al medio, pero todos pertenecían al género Homo. Todos eran seres humanos- La idea ampliamente divulgada de que el primer genocidio se cometio contra los neandertales, repugnaba por su gravedad. El homo en cuanto pudo mató a todo el que le molestaba. Esto no tiene demasiado sustento, y si parece que la evolución desde el australopiteco hasta el sapien es la relación entre una dotación cromosómica, evidentemente evolucionada y los patógenos de cada tiempo que nos llevan hasta el Sapiens, sin necesidad de exterminarlos, sino como consecuencia de la evolución. La seguridad que un 3% de nuestro ADN pertenecio a los neandertales , lo sostiene y permite hablar de que fuimos alguna vez neandedrtales. Fue la indignación lo que llevó a Joao Zilhao, arqueólogo de la facultad de Geografía e Historia de la Universitat de Barcelona. a convertirse en embajador de los neandertales. En mayo de 1996, la revista Nature presentaba el descubrimiento en Francia de fósiles de neandertal de hace 34.000 años junto a herramientas de piedra tecnológicamente avanzadas –de tipo chatelperroniense–. Era un hallazgo sensacional. Pero los autores de la investigación concluían que los neandertales no podían haber inventado aquellas herramientas. No eran lo bastante inteligentes, tenían que haberlas copiado de los Homo sapiens. Zilhao se propuso desmontar el prejuicio de que los neandertales no podían ser tan inteligentes como los Homo sapiens y ha publicado decenas de investigaciones que confirman, una y otra vez, que los neandertales tenían aptitudes cognitivas equivalentes a las de los Homo sapiens . Los resultados que presenta esta semana, que demuestran que hacían pinturas rupestres y se ponían collares, “deberían cerrar el debate de si los neandertales tenían pensamiento simbólico”, sentencia. Pero, si eran tan inteligentes como los Homo sapiens, ¿por qué se extinguieron? “¡Es que no se extinguieron, son nuestros ancestros!”. Entre el 1% y el 4% del genoma de los europeos actuales es de origen neandertal, mientras que el 96% a 99% restante procede de Homo sapiens venidos de África. “Menos de un 4% no parece mucho, pero es lo esperable cuando se mezclan una población grande y una pequeña. Debía haber unos 20.000 neandertales en toda Europa y llegaron un millón o dos de africanos. Por eso el ADN neandertal está tan diluido entre los europeos actuales”. Para Zilhao, los neandertales son Homo sapiens, no una especie distinta. Es consciente de que esta visión no es compartida por la mayoría de sus colegas. Los datos no indican que neandertales y Homo sapiens sean especies distintas”. Solo cabe preguntarse que incidencia externa modificó o fue modificando para pasar desde los Neandertales hasta el sapìens Las especies humanas comparten varias características distintivas, A pesar de sus muchas diferencias. La más notable es que los humanos tienen un cerebro extraordinariamente grande en comparación con el de otros animales. Los mamíferos que pesan 60 kilogramos tienen en promedio un cerebro de 200 centímetros cúbicos. Los primeros hombres y mujeres, de hace 2,5 millones A pesar de sus muchas diferencias, todas las especies humanas comparten varias características distintivas. La más notable es que los humanos tienen un cerebro extraordinariamente grande en comparación con el de otros animales. Los mamíferos que pesan 60 kilogramos tienen en promedio un cerebro de 200 centímetros cúbicos. Los primeros hombres y mujeres, de hace 2,5 millones de años, tenían un cerebro de unos 600 centímetros cúbicos. Los sapiens modernos tienen un volumen cerebral promedio de 1.200-1.400 centímetros cúbicos. El cerebro de los neandertales era aún mayor. El hecho de que la evolución seleccionara a favor de cerebros mayores nos puede parecer, digamos, algo obvio. Estamos tan prendados de nuestra elevada inteligencia que asumimos que cuando se trata de potencia cerebral, más tiene que ser mejor. Pero si este fuera el caso, la familia de los felinos también habría engendrado gatos que podrían hacer cálculos. ¿Por qué es el género Homo el único de todo el reino animal que ha aparecido con estas enormes máquinas de pensar? El hecho es que un cerebro colosal es un desgaste colosal en el cuerpo. No es fácil moverlo por ahí, en especial cuando está encerrado en un cráneo enorme. Es incluso más difícil de aprovisionar. En Homo sapiens, el cerebro supone el 2-3 por ciento del peso corporal total, pero consume el 25 por ciento de la energía corporal cuando el cuerpo está en reposo. En comparación, el cerebro de otros simios requiere solo el 8 por ciento de la energía en los momentos de reposo. Los humanos arcaicos pagaron por su gran cerebro de dos maneras. En primer lugar, pasaban más tiempo en busca de comida. En segundo lugar, sus músculos se atrofiaron. Al igual que un gobierno que reduce el presupuesto de defensa para aumentar el de educación, los humanos desviaron energía desde los bíceps a las neuronas. No es en absoluto una conclusión inevitable que esto sea una buena estrategia para sobrevivir en la sabana. Un chimpancé no puede ganar a Homo sapiens en una discusión, pero el simio puede despedazar al hombre como si fuera una muñeca de trapo. Hoy en día nuestro gran cerebro nos compensa magníficamente, porque podemos producir automóviles y fusiles y nos permiten desplazarnos mucho más deprisa que los chimpancés y dispararles desde una distancia segura en lugar de pelear con ellos. Pero coches y armas son un fenómeno reciente. Durante más de dos millones de años, las redes neuronales humanas no cesaron de crecer, aunque dejando aparte algunos cuchillos de pedernal y palos aguzados, los humanos tenían muy poca cosa que mostrar. ¿Qué fue entonces lo que impulsó la evolución del enorme cerebro humano durante estos dos millones de años? Francamente, no lo sabemos. Otro rasgo humano singular es que andamos erectos sobre dos piernas. Al ponerse de pie es más fácil examinar la sabana en busca de presas o de enemigos, y los brazos que son innecesarios para la locomoción quedan libres para otros propósitos, como lanzar piedras o hacer señales. Cuantas más cosas podían hacer con las manos, más éxito tenían sus dueños, de modo que la presión evolutiva produjo una concentración creciente de nervios y de músculos finamente ajustados en las palmas y los dedos. Como resultado, los humanos pueden realizar tareas muy intrincadas con las manos. En particular, puede producir y usar utensilios sofisticados. Los primeros indicios de producción de utensilios datan de hace unos 2,5 millones de años, y la fabricación y uso de útiles son los criterios por los que los arqueólogos reconocen a los humanos antiguos. Pero andar erguido tiene su lado negativo. El esqueleto de nuestros antepasados primates se desarrolló durante millones de años para sostener a un animal que andaba a cuatro patas y tenía una cabeza relativamente pequeña. Adaptarse a una posición erguida era todo un reto, especialmente cuando el andamiaje tenía que soportar un cráneo muy grande. La humanidad pagó por su visión descollante y por sus manos industriosas con dolores de espalda y tortícolis. Sin embargo esto se queda en el aire, cuando conocemos que la artrosis raquídea en concreto la sufren los vivientes desde hace 300 millones de años y los restos de los dinosauros que hemos observado, tienen una espondilosis importante. Solo los murciélagos y el oso perezoso, no han mostrado estigmas de artrosis Las mujeres pagaron más. Una andadura erecta requería caderas más estrechas, lo que redujo el canal del parto, y ello precisamente cuando la cabeza de los bebés se estaba haciendo cada vez mayor. La muerte en el parto se convirtió en un riesgo importante para las hembras humanas. A las mujeres que parían antes, cuando el cerebro y la cabeza del niño eran todavía relativamente pequeños y flexibles, les fue mejor y vivieron para tener más hijos. Por consiguiente, la selección natural favoreció los nacimientos más tempranos. Y, en efecto, en comparación con otros animales, los humanos nacen prematuramente, cuando muchos de sus sistemas vitales están todavía subdesarrollados. Un potro puede trotar poco después de nacer; un gatito se separa de la madre para ir a buscar comida por su cuenta cuando tiene apenas unas pocas semanas de vida. Los bebés humanos son desvalidos, y dependientes durante muchos años para su sustento, protección y educación. Este hecho ha contribuido enormemente tanto a las extraordinarias capacidades sociales de la humanidad como a sus problemas sociales únicos. Las madres solitarias apenas podían conseguir suficiente comida para su prole y para ellas al llevar consigo niños necesitados. Criar a los niños requería la ayuda constante de otros miembros de la familia y los vecinos. Para criar a un humano hace falta una tribu. Así, la evolución favoreció a los que eran capaces de crear lazos sociales fuertes. Además, y puesto que los humanos nacen subdesarrollados, pueden ser educados y socializados en una medida mucho mayor que cualquier otro animal. La mayoría de los mamíferos surgen del seno materno como los cacharros de alfarería vidriada salen del horno de cochura: cualquier intento de moldearlos de nuevo los romperá. Los humanos salen del seno materno como el vidrio fundido sale del horno. Pueden ser retorcidos, estirados y modelados con un sorprendente grado de libertad. Esta es la razón por la que en la actualidad podemos educar a nuestros hijos para que se conviertan en cristianos o budistas, capitalistas o socialistas, belicosos o pacifistas. Suponemos que un cerebro grande, el uso de utensilios, capacidades de aprendizaje superiores y estructuras sociales complejas son ventajas enormes. Resulta evidente que estas hicieron del ser humano el animal más poderoso de la Tierra. Pero los humanos gozaron de todas estas ventajas a lo largo de dos millones de años, durante los cuales siguieron siendo criaturas débiles y marginales. Así, los humanos que vivieron hace un millón de años, a pesar de su gran cerebro y de sus utensilios líticos aguzados, vivían con un temor constante a los depredadores, raramente cazaban caza mayor, y subsistían principalmente mediante la recolección de plantas, la captura de insectos, la caza al acecho de pequeños animales y comiendo la carroña que dejaban otros carnívoros más poderosos. Esto es fundamental para comprender nuestra historia y nuestra psicología. La posición del género Homo en la cadena alimentaria estuvo, hasta fecha muy reciente, firmemente en el medio. Durante millones de años, los humanos cazaban animales más pequeños y recolectaban lo que podían, al tiempo que eran cazados por los depredadores mayores. Fue solo hace 400.000 años cuando las diversas especies de hombre empezaron a cazar presas grandes de manera regular, y solo en los últimos 100.000 años (con el auge de Homo sapiens) saltó el hombre a la cima de la cadena alimentaria. Este salto espectacular desde la zona media a la cima tuvo consecuencias enormes. Otros animales de la cumbre de la pirámide, como leones y tiburones, evolucionaron hasta alcanzar tal posición de manera muy gradual, a lo largo de millones de años. Esto permitió que el ecosistema desarrollara frenos y equilibrios que impedían que los leones y los tiburones causaran excesivos destrozos. A medida que los leones se hacían más mortíferos, las gacelas evolucionaron para correr más deprisa, las hienas para cooperar mejor y los rinocerontes para tener más mal genio. En cambio, la humanidad alcanzó tan rápidamente la cima que el ecosistema no tuvo tiempo de adecuarse. Además, tampoco los humanos consiguieron adaptarse. La mayoría de los depredadores culminales del planeta son animales majestuosos. Millones de años de dominio los han henchido de confianza en sí mismos. Sapiens, en cambio, es más como el dictador de una república bananera. Al haber sido hasta hace muy poco uno de los desvalidos de la sabana, estamos llenos de miedos y ansiedades acerca de nuestra posición, lo que nos hace doblemente crueles y peligrosos. Muchas calamidades históricas, desde guerras mortíferas hasta catástrofes ecológicas, han sido consecuencia de este salto demasiado apresurado. Un paso importante en el camino hasta la cumbre fue la domesticación del fuego. Algunas especies humanas pudieron haber hecho uso ocasional del fuego muy pronto, hace 800.000 años. Hace unos 300.000 años, Homo erectus, los neandertales y Homo sapiens usaban el fuego de manera cotidiana. Ahora los humanos tenían una fuente fiable de luz y calor, y un arma mortífera contra los leones que rondaban a la busca de presas. No mucho después, los humanos pudieron haber empezado deliberadamente a incendiar sus inmediaciones. Un fuego cuidadosamente controlado podía convertir espesuras intransitables e improductivas en praderas prístinas con abundante caza. Además, una vez que el fuego se extinguía, los emprendedores de la Edad de Piedra podían caminar entre los restos humeantes y recolectar animales, nueces y tubérculos quemados. Pero lo mejor que hizo el fuego fue cocinar. Alimentos que los humanos no pueden digerir en su forma natural (como el trigo, el arroz y las patatas) se convirtieron en elementos esenciales de nuestra dieta gracias a la cocción. El fuego no solo cambió la química de los alimentos, cambió asimismo su biología. La cocción mataba gérmenes y parásitos que infestaban los alimentos. A los humanos también les resultaba más fácil masticar y digerir antiguos platos favoritos como frutas, nueces, insectos y carroña si estaban cocinados. Mientras que los chimpancés invierten cinco horas diarias en masticar alimentos crudos, una única hora basta para la gente que come alimentos cocinados. El advenimiento de la cocción permitió que los humanos comieran más tipos de alimentos, que dedicaran menos tiempo a comer, y que se las ingeniaron con dientes más pequeños y un intestino más corto. Algunos expertos creen que hay una relación directa entre el advenimiento de la cocción, el acortamiento del tracto intestinal humano y el crecimiento del cerebro humano. Puesto que tanto un intestino largo como un cerebro grande son extraordinarios consumidores de energía, es difícil tener ambas cosas. Al acortar el intestino y reducir su consumo de energía, la cocción abrió accidentalmente el camino para el enorme cerebro de neandertales y sapiens.[1] El fuego abrió también la primera brecha importante entre el hombre y los demás animales. El poder de casi todos los animales depende de su cuerpo: la fuerza de sus músculos, el tamaño de sus dientes, la envergadura de sus alas. Aunque pueden domeñar vientos y corrientes, son incapaces de controlar estas fuerzas naturales, y siempre están limitados por su diseño físico. Las águilas, por ejemplo, identifican las columnas de corrientes térmicas que se elevan del suelo, extienden sus alas gigantescas y permiten que el aire caliente las eleve hacia arriba. Pero las águilas no pueden controlar la localización de las columnas, y su capacidad de carga máxima es estrictamente proporcional a su envergadura alar. Cuando los humanos domesticaron el fuego, consiguieron el control de una fuerza obediente y potencialmente ilimitada. A diferencia de las águilas, los humanos podían elegir cuándo y dónde prender una llama, y fueron capaces de explotar el fuego para gran número de tareas. Y más importante todavía, el poder del fuego no estaba limitado por la forma, la estructura o la fuerza del cuerpo humano. Una única mujer con un pedernal o con una tea podía quemar todo un bosque en cuestión de horas. La domesticación del fuego fue una señal de lo que habría de venir A pesar de los beneficios del fuego, hace 150.000 años los humanos eran todavía criaturas marginales. Ahora podían asustar a los leones, caldearse durante las noches frías e incendiar algún bosque. Pero considerando todas las especies juntas, aun así no había más que quizá un millón de humanos que vivían entre el archipiélago Indonesio y la península Ibérica, un mero eco en el radar ecológico. Nuestra propia especie, Homo sapiens, ya estaba presente en el escenario mundial, pero hasta entonces se ocupaba únicamente de sus asuntos en un rincón de África. No sabemos con exactitud dónde ni cuándo animales que pueden clasificarse como Homo sapiens evolucionaron por primera vez a partir de algún tipo anterior de humanos, pero la mayoría de los científicos están de acuerdo en que, hace 150.000 años, África oriental estaba poblada por sapiens que tenían un aspecto igual al nuestro. Si uno de ellos apareciera en una morgue moderna, el patólogo local no advertiría nada peculiar. Gracias a la bendición del fuego tenían dientes y mandíbulas más pequeños que sus antepasados, a la vez que tenían un cerebro enorme, igual en tamaño al nuestro. Los científicos también coinciden en que hace unos 70.000 años sapiens procedentes de África oriental se extendieron por la península Arábiga y, desde allí, invadieron rápidamente, todo el contmente euroasiático La autodomesticación humana es una hipótesis que defiende que, entre los motores de la evolución humana, se encontrarían los mismos seres humanos, que debieron de seleccionar entre sus congéneres a los que tenían actitudes más sociales. Investigadores de la Universidad de Barcelona, coordinados por Cedric Boeckx, profesor Icrea del Departamento de Filología Catalana y Lingüística General, han encontrado evidencia genética de este proceso evolutivo. El estudio, que se publica en PloS One, compara los genomas de los humanos modernoscon los de algunas especies domesticadas y los de sus parientes evolutivos, con el fin de encontrar genes coincidentes relacionados con rasgos de la domesticación, como por ejemplo una fisonomía más grácil o la docilidad. Los resultados muestran un número significativo de genes relacionados con la domesticación que se solapan entre animales domésticos y humanos modernos, pero no con los neandertales. Según los investigadores, estos resultados refuerzan la hipótesis de la autodomesticación humana y “ayudan a revelar información sobre uno de los aspectos que nos hace humanos: nuestro instinto social”. La autodomesticación se daría en algunas especies que muestran rasgos anatómicos y de comportamiento característicos de los animales domésticos en comparación con sus parientes salvajes. La diferencia es que en este caso la domesticación habría tenido lugar sin la intervención de ninguna otra especie. Distintos estudios han planteado la hipótesis de que los humanos -y otras especies, como los bonobos- se domesticaron a sí mismos. El objetivo de esta investigación ha sido buscar evidencia biológica de esta práctica estudiando un nuevo tipo de datos: los genomas de nuestros ancestros ya extinguidos, como los neandertales o el hombre de Denisova. • Boeckx:”Los humanos, comparados con los neandertales, presentan un fenotipo más grácil” “Uno de los motivos que llevó a los científicos a decir que los humanos se domesticaron ellos mismos reside en nuestro comportamiento: los humanos modernos son más dóciles y tolerantes, como las especies domésticas, y nuestras capacidades de cooperación y la conducta social son rasgos esenciales de la cognición moderna”, ha explicado Cedric Boeckx. “El otro motivo es que los humanos, comparados con los neandertales, presentan un fenotipo más grácil que se parece a lo que vemos en los animales domésticos en comparación con sus primos salvajes”. Para identificar indicadores del proceso de la autodomesticación en humanos, los investigadores crearon una lista de genes relacionados con rasgos domésticos en humanos, a partir de la comparación con el genoma de los neandertales y los homínidos de Denisova. Después, compararon esta lista de genes con el genoma de algunos animales domésticos y el de sus parientes salvajes, como por ejemplo los perros respecto a los lobos y los bueyes respecto a los bisontes. Los resultados mostraron que el número de genes que coincidían solo era relevante entre los humanos y las especies domesticadas. “Los genes de humanos modernos seleccionados podrían ser esenciales en elproceso de domesticación, ya que estas interacciones aportan datos sobre rasgos fenotípicos relevantes”. Intersección entre humanos modernos y especies domesticadas Los investigadores también utilizaron otras medidas estadísticas, como por ejemplo grupos control, para confirmar los resultados. La idea era descartar que la coincidencia de los genes de los humanos modernos con los de las especies domésticas fuera aleatoria, así que se compararon también con el genoma de los grandes simios. “Los resultados muestran que los genes relacionados con la domesticación de los animales domésticos no coinciden en chimpancés, orangutanes y gorilas. Por lo tanto, parece que hay una interacción especial entre los humanos y los animales domésticos, lo cual vemos como evidencia de la autodomesticación”. Los investigadores señalan que aún se necesitan más experimentos para saber qué rasgos anatómicos, cognitivos y conductuales están relacionados con estos genes. “Suponemos que incluirán las características anatómicas, cognitivas y de conducta que motivaron la idea de la autodomesticación entre los investigadores. Creemos que las coincidencias que hemos encontrado nos permiten explicar nuestra cognición especial y también por qué somos notablemente cooperativos, pero aún se debe estudiar el tema más a fondo. En cierto modo, lo que hemos hecho es reducir el conjunto de genes que se deben analizar experimentalmente”. Cuando Homo sapiens llegó a Arabia, la mayor parte de Eurasia ya estaba colonizada por otros humanos. ¿Qué les ocurrió? Existen dos teorías contradictorias. La «teoría del entrecruzamiento» cuenta una historia de atracción, sexo y mezcla. A medida que los inmigrantes africanos se extendían por todo el mundo, se reprodujeron con otras poblaciones humanas, y las personas actuales son el resultado de ese entrecruzamiento. En síntesis la evolución del homo ha sido y es compleja de adivinar, lo que si parece cierto es el paso de unos homos no demasiado inteligentes pero con anatomía craneal similar a la nuestra, al homo sapiens sapiens, capaz de todo y que se hizo y es el dueño de la civilización y del que es de esperar cosas notables. Bibliografia Sapiens y Homo Deus. Yuval N Harari . Debate 2016 The origin of modern human behavior: critique of the models and their test implications Christopher S Henshilwood, Curtis W Marean, Philip Chase, Iain Davidson, Clive Gamble, Trenton W Holliday, Richard G Klein, Sally Mc Brearty, João Zilhão, Christopher S Henshilwood, Curtis W Marean 2003/12 Nuevas evidencias de que el ser humano se domesticó a sí mismo Un estudio realizado por la Universidad de Barcelona,que se publica en PloS One, muestra nuevas evidencias que refuerzan la hipótesis de la autodomesticación humana. El equipo de investigación ha encontrado genes relacionados con la domesticación que se solapan entre animales domésticos y humanos modernos pero no con sus parientes evolutivos.

Las fisuras de la democracia

Las previsiones de Marx no se cumplieron: los obreros no se pauperizaron, formaron sindicatos, lucharon por sus derechos y nunca apareció ese proletariado con una conciencia de clase uniforme.

7|01|18

Robotizacion. Una revolución que modificó la producción de bienes y servicios.
Robotizacion. Una revolución que modificó la producción de bienes y servicios. Foto:Cedoc

 

Carlos Marx fue hijo de la revolución industrial. Vivió en un momento histórico en el que se transformó todo por el avance de la ciencia y la tecnología. Como otros autores de su época, estaba fascinado por la industrialización, pero temía sus efectos negativos. Parecía que se había iniciado un ciclo de progreso ilimitado, aparecieron dramáticos problemas sociales que se profundizaron a partir de la crisis de la papa en Irlanda y la hecatombe alimentaria que devastó Europa. El hambre produjo la mayor emigración de la historia desde Europa hacia América. Marx creyó que la sociedad se polarizaría entre dos clases sociales enfrentadas por el poder: capitalistas y proletarios empobrecidos que terminarían siendo dueños solo de sus cadenas y de su prole. La pequeña burguesía y otros grupos no tenían importancia en este proceso que llevaría a la revolución, la instauración de la dictadura del proletariado y la posterior construcción del paraíso comunista. No cabían términos medios.

Las previsiones de Marx no se cumplieron: los obreros no se pauperizaron, formaron sindicatos, lucharon por sus derechos y nunca apareció ese proletariado con una conciencia de clase uniforme, militante y gris que debía encabezar la revolución.

En vez de la grieta que enfrentaría a empresarios y proletarios, se multiplicaron fisuras porque surgieron muchas nuevas ocupaciones que permitieron vivir y ver el mundo desde muchas ópticas. Marx nunca oyó música, ni fue al futbol, ni participó de actividades lúdicas que no existían en su época pero hoy mueven a la humanidad. No puede existir una conciencia de clase que unifique a los obreros metalúrgicos, los músicos de las bandas de rock, los youtubers y los emprendedores. Los trabajadores industriales y agrícolas tienden a desaparecer, mientras crece el número de personas que trabajan en distintas actividades, desarrollan sus propios intereses, relaciones humanas, sueños y desvelos.

Al comienzo de la década de 1960 entraron en crisis las dos instituciones que determinaban lo que era verdadero y falso en Occidente. El Partido Comunista de la Unión Soviética enfrentó la herejía cuando China cuestionó el papel del proletariado en la revolución y dividió al bloque comunista. El Concilio Vaticano II mitigó el dogmatismo de la Iglesia Católica. La idea de que existen cristianos anónimos que pueden salvarse aunque no conozcan el evangelio abrió el camino a una concepción más plural de la fe y al ecumenismo. Ambos credos que tenían ideas homofóbicas y discriminaban a las mujeres flexibilizaron sus posturas frente a la sexualidad y al monopolio de la verdad. Nunca hubo un papa o un secretario general del Partido Comunista mujer, y “la Iglesia”, que era solamente la católica, y “el partido”, que era el comunista, admitieron que tenían pares.

A fines de los 60 estallaron revoluciones que destrozaron los dogmatismos en boga. Se desató la imaginación. Como en la película El submarino amarillo, la música rompió la monotonía del mundo de los azules con una lluvia de colores. El concierto de Woodstock estimuló a las movilizaciones juveniles que detuvieron la invasión a Vietnam, millones de jóvenes asistieron a conciertos y musicales que carcomieron los cimientos de la antigua sociedad. Pink Floyd, The Doors, los Beatles, los Rolling Stones, Serú Girán, Charly García, Fito Páez, Piazzolla y muchos músicos más cambiaron nuestra mente. La literatura alentó el proceso con la producción de Ginsberg, Kerouac, Burroughs, el boom de los autores latinoamericanos, la revista de poesía El Corno Emplumado del underground revolucionario. La revolución sexual acabó con la “posición del misionero”, como llamaron los isleños del Pacífico a la usual de los occidentales que evitaba el placer durante el acto sexual. El Mayo Francés cuestionó a un comunismo obsoleto y alumbró nuevas utopías. El triunfo del socialismo parecía inevitable. Los revolucionarios triunfaron en el sudeste asiático, se instauraron gobiernos socialistas en Libia, Siria, Irak, Etiopía, Somalia, el Congo, Angola, Zimbabwe y otros países. En América Latina los soviéticos, apoyados por Cuba, organizaron en casi todos los países guerrillas que Estados Unidos combatió auspiciando dictaduras militares. La taxonomía que organizaba a esa multiplicidad de fisuras desde la izquierda hasta la derecha desapareció con la caída de la URSS y nos confundió a quienes nos formamos durante la Guerra Fría.

A fines del siglo XX se produjo una nueva revolución que cambió el modo de producción de los bienes y servicios, y la naturaleza de los seres humanos. Gracias a los avances de la tecnología, las empresas emplean cada vez menos trabajadores, incrementan sus tasas de ganancia y pueden pagar muy bien al escaso personal que contratan para que maneje las plantas desde computadoras. Los empresarios del futuro no necesitarán regatear el salario de los trabajadores porque necesitarán personas preparadas que manejen procesos complejos. Su problema será que exista un mercado para sus productos cuando se extingan muchos de los trabajos actuales. Transitamos desde sociedades cuyo problema fue la pobreza, a otras en las que se discutirá la repartición de la riqueza. El problema no será el hambre, sino la obesidad.

Con excepción del dogmatismo islámico y algunos fanatismos aislados, la mayoría de los países del mundo admiten de alguna manera la diversidad. Esto incluye a China, Vietnam y otros países socialistas en los que existe una interesante discusión acerca de la compatibilidad de la democracia con la libertad. La filosofía del pobrismo y el negocio de la intermediación entre los pobres y el Estado van a ser superados. La pobreza cero es un horizonte posible hacia el que avanzan varios países del mundo y al que nosotros podemos acceder. Empresas como Mercado Libre, Despegar.com y otras del mismo tipo demuestran que Argentina puede estar en la vanguardia del mundo si superamos nuestro complejo de subdesarrollados.

La pobreza se relaciona con la educación tanto de los dirigentes como de la población en general. Los sindicalistas del transporte necesitan pensar que pronto los camiones estarán conducidos por robots, los de la construcción, estudiar lo que ocurre en países como China y otros en los que existen casas y edificios construidos por impresoras 3D. Los cálculos actuariales de las jubilaciones van a volar en pedazos cuando la expectativa de vida suba a 200 años y cuando la medicina nos permita aspirar a la inmortalidad, cosa que sucederá en menos de cincuenta años.

Todos estos cambios están ya entre nosotros y estamos obligados a reflexionar para aprovecharlos, vivir mejor, y evitar sus efectos nocivos. Desgraciadamente son pocos los líderes del continente con los que se puede hablar sobre este tema, que es el más importante que afrontamos a mediano plazo. Comprendí su importancia y me puse a estudiarlo cuando conocí a Ray Kurzweil en la casa de Mauricio Macri hace algunos años. Su libro La singularidad está cerca. Cuando los humanos trascendamos la biología, y el Homo Deus de Yuval Harari deberían ser de lectura obligatoria para todos los políticos que quieran proyectarse para el futuro, ser menos aldeanos, y no poner cara de sorpresa cuando un líder habla de automóviles que se conducen a sí mismos.

La diversidad de grupos que existe en nuestras sociedades es inédita y solo podrán convivir si se fortalece la democracia. Los avances de la tecnología agudizan la diversidad, estimulando la conformación de nichos horizontales conformados por individuos que creen cosas semejantes, comparten intereses, y a veces se comunican solamente entre ellos, volviéndose impermeables al mensaje de otros. Hay millones de individuos que se relacionan entre sí porque admiran a un youtuber, son hinchas de un club de fútbol, practican un deporte, coleccionan motos, crían mascotas, pertenecen a un grupo de barras bravas o comparten cualquier interés. Son ciudadanos cuya conversación no gira en torno a la política porque no les interesa. La política vertical va desapareciendo en la sociedad contemporánea, caen bien los líderes que se identifican con la gente y comunican que la respetan. Es difícil tomar medidas de shock, no caben los mesianismos, ni las grietas definitivas.

Tiene vigencia lo que dice Primo Levi en los últimos párrafos de su libro He aquí el hombre: “Habiendo comprobado que es difícil diferenciar entre los verdaderos y los falsos profetas, es mejor desconfiar de todos los profetas; es preferible renunciar a las verdades reveladas así como a las que nos entusiasman por su simplicidad y brillantez. Es mejor contar con otras verdades, más modestas y menos entusiasmantes, aquellas que se consiguen cada día, poco a poco, con el estudio, la discusión y el discernimiento”.
*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.

Homo Deus, el ultimo libro de Harari / Manuel Ortega

La capacidad exponencial de la inteligencia artificial (IA) y la robótica podrá suplir a las personas en la mayoría de las tareas relacionadas con la fabricación y la defensa; la biotecnología podrá alargar nuestra vida en condiciones saludables hasta límites incompatibles con el plan de vida estándar de nuestra sociedad actual.

I. El liberalismo y la sociedad moderna

En la sociedad moderna todos valoramos la Libertad como algo sagrado. Sin embargo, la libertad es en realidad un mito, llevado a la política y economía a través de la ideología Liberal. En qué sentido exactamente somos libres?. El mito de la Libertad es tan potente que supera a otro que consideramos falsamente como igual de asumido, la Igualdad. Si debemos elegir uno, pero sin el otro, tenemos claro que preferimos ser libres aunque desiguales. Ser iguales pero sin libertad es algo que queda fuera de discusión.

La Libertad, en el plano personal, es poder escuchar y seguir a nuestra voz interior, sentir que en el fondo somos únicos y capaces de resolver los problemas gracias a nuestra conciencia individual. ¿Por qué si no viajamos a sitios únicos, hacemos fotos únicas de un amanecer único, leemos, nos relacionamos, publicamos post, nos formamos o aprendemos nuevas recetas de cocina sana?. Para poder “realizarnos” como individuos, “encontrarnos” a nosotros mismos y así ser “más libres”.

La sociedad moderna ha consolidado también el valor de la libertad como colectivo. Y lo hace a través de otros dos mitos: el capitalismo y el nacionalismo. Ganar dinero para triunfar y sentirnos orgullosos de pertenecer al grupo, ya sea la nación o el club. La ideología liberal defiende estos tres mitos como el camino a la realización de las personas y la consecución de la felicidad. Pero detrás de las experiencias de felicidad personales y colectivas, lo que subyace es el hecho de que la sociedad moderna (occidental) ha superado a todas las demás en solo dos siglos, frente a milenios de supremacía de los imperios. ¿Por qué?.

El liberalismo ha permitido florecer la ciencia y la democracia, mejorando nuestra capacidad tecnológica y la eficiencia en el proceso de toma de decisiones colectivas. Pero sobre todo ha proporcionado a los estados occidentales millones de ciudadanos libremente dispuestos a trabajar en las fábricas y luchar en los ejércitos. Ciudadanos convencidos de que trabajan y luchan por su libertad, la mayoría de ellos bien alimentados, con buena salud y formación, gracias a la variante socialdemócrata. Ese es el motivo de la supremacía occidental en el mundo actual.

II. La nueva sociedad post moderna

Sin embargo, este escenario está cambiando drásticamente por culpa de la revolución tecnológica en curso, especialmente la informática y la biológica. La capacidad exponencial de la inteligencia artificial (IA) y la robótica podrá suplir a las personas en la mayoría de las tareas relacionadas con la fabricación y la defensa. Por su parte, la biotecnología podrá alargar nuestra vida en condiciones saludables hasta límites incompatibles con el plan de vida estándar de nuestra sociedad actual.

Nos asomamos a un nuevo mundo, donde la cantidad de ciudadanos dispuestos a trabajar y luchar no es relevante. Si no somos tan necesarios, los ciudadanos seremos cada día más un coste para la sociedad, que tendremos que compensar colaborando activamente en el desarrollo de la IA la Biotecnología. Sin embargo, ese esfuerzo sólo estará al alcance de una minoría, que acabará constituyendo una clase dominante de ciudadanos “superiores”, con más derechos a una vida larga y mejor.

La literatura romántica y moderna de los siglos XIX y XX ya nos advirtió de este escenario, pronosticando una revolución de los “ciudadanos libres” para derrocar al “gran hermano” tecnológico. Muchos siguen creyendo aún en esto, pero debemos asumir, nos guste o no, que hemos sobrepasado la barrera tecnológica que nos permitía ser efectivamente libres. La Red, gracias a la IA que se alimenta de ella y sus datos, es cada día más capaz de conocer y anticipar nuestros movimientos y pensamientos. La biotecnología en muy breve plazo tendrá la capacidad, para quien quiera usarla, de condicionar o alterar nuestro sistema hormonal y neuronal, y con ello nuestros sentimientos y nuestra voz interior.

Resulta lógico pensar que los estados modernos serán los que comiencen a operar estos nuevos instrumentos, en la medida en que estén a su alcance, para evitar quedar desplazados por nuevos agentes o grandes corporaciones privadas. Todo esto podría ocurrir en el plazo de unas pocas décadas.

III. La Era Transhumana 

Mucho más adelante, podría llegar un escenario donde los humanos seríamos casi inmortales y con capacidad de explorar el espacio exterior y garantizar nuestra supervivencia como especie. Así, llegará un momento en que se producirá una singularidad, un cambio dramático en el devenir de Homo Sapiens, que lo llevará a convertirse en Homo Deus. Ese nuevo tiempo, será la era transhumana.

Haciendo un ejercicio meramente especulativo, se nos ocurren dos posibles líneas de evolución en esa nueva era, dependiendo de cuál será la interacción entre la IA y los humanos y sus instituciones. A estos dos posibles escenarios podemos llamarlos “religiones”:

El Tecnohumanismo 

Homo Deus se hace a sí mismo sumando nuevos “estados de conciencia” y nuevas capacidades físicas, sensoriales y cognitivas obtenidas a través de la biotecnología y nuevas tecnologías “ultra científicas”. Homo Deus sería algo así como un ser mitológico clásico o súper héroe actual, pero seguiría siendo individuo.

La Religión de los Datos

El mundo entero, el conjuntos de los seres vivos, toda la materia, a todos los niveles, es descrita como datos por una IA omnisciente. También es capaz de crear y transformar la materia y la energía en cualquier forma y momento.

Homo Deus opta por fundirse con la IA, en un entidad colectiva a nivel cognitivo. Todos y cada uno de los seres físicos comparten una inteligencia común. Es el fin de la conciencia, que no es necesaria para la superviviencia.

En fin, el libro de Harari nos enfrenta a dos dilemas principales. Uno actual (libertad vs igualdad) y otro futuro (inteligencia vs conciencia). El primero es incómodo, pues ya nos hemos olvidado de que la una es a costa de la otra, y de la injusticia que ello supone para la gente más desfavorecida. Por eso Harari los considera como “mitos”, porque los aceptamos sin discutir.

Pero el segundo dilema es francamente inquietante. Si asumimos que el objetivo para los humanos es la supervivencia a largo plazo, solo la inteligencia es necesaria. La conciencia es opcional.

Manuel Ortega Santaella